Imagen: Gerd Altmann | Pixabay

La inercia

Por Héctor Castañón

Imaginemos que la población del mundo seguirá creciendo, que la tecnología será cada vez más accesible y los vehículos motorizados también, que descubrirán nuevos yacimientos de petróleo, que surgirán nuevas aleaciones para materiales más resistentes, ligeros y convenientes, que llevarán a la apertura de más minas, que las ciudades necesitarán más espacio para crecer y el campo más superficie para producir alimentos y cultivos industriales, reduciendo las superficies de bosque, que el turismo seguirá buscando playas y tendremos menos accesos públicos y menos manglares, que habrá productos cada vez más atractivos para el consumo y disfrute de más personas. ¿Qué nos dice esa inercia? ¿Qué posibilidades presenta?

¿Quién mueve estas dinámicas?

Las personas que buscamos bienes y servicios, que tenemos necesidades que resolver, que tenemos deseos, aspiraciones, ganas de conocer, de explorar, de experimentar e innovar. Que buscamos un ingreso, un empleo, un proyecto, un lugar para estar, para vivir, para visitar. Y encontramos quienes nos lo pueden dar, vender, conseguir, intercambiar, que nos facilitan el acceso, quienes producen, quienes se benefician y ganan de este cúmulo de intenciones, voluntades, búsquedas, posibilidades, capacidades, y que ellos llaman mercado.

¿Qué provocan estas dinámicas?

La carrera por atraer, ganar y mantener un lugar en el mercado genera competencia, disputa, creatividad, conflicto, movimiento, tecnología, consumo de recursos y, por tanto, emisiones, residuos, aprovechamiento, explotación, ocupación, expulsión, desposesión, extracción y alteración de los ecosistemas, agotamiento de los recursos naturales y cambios en el sistema del que depende la estabilidad, la salud y la supervivencia nuestra y la del planeta.

¿Quién detiene estas dinámicas que crecen y se intensifican por mayor demanda, capacidades y posibilidades?

Desafortunadamente, no hay un centro de control para modular intensidades, desactivar procesos y regular flujos. Hay científicos que los estudian, hay divulgación, publicación, comunicación que nos alerta; recomendaciones, guías, sugerencias, advertencias; alternativas, posibilidades, pero ¿de quién depende que las inercias que provocan este ritmo de destrucción se detengan? Nadie tiene la capacidad de dar una orden que sea obedecida sin más; no hay un panel, una asamblea, una organización capaz de poner un alto. Ningún artista o activista que pueda generar el cambio del tamaño que se requiere. Ni un jefe o jefa de Estado, ningún partido político, ningún legislador, ningún director de empresa o presidente del consejo que con una decisión pueda detener las inercias.

Es, tal como lo es el sistema que estamos afectando, un complejo entramado de relaciones, voluntades, decisiones, capacidades, conciencias, acuerdos, reglas, incentivos, sanciones, herramientas, tecnologías, saberes y visiones el que debe ponerse en juego y crecer para ser capaz de desacelerar, desactivar y transformar la manera en que vivimos y somos en el mundo.

A diferencia de lo que sucede con las principales religiones monoteístas, el proyecto de salvación es colectivo o no es. Es una decisión que tomamos y practicamos en todo espacio, todo el tiempo en todo lugar o no será.

Es una cultura que compartimos a escala global o no será. 

Son tomadores de decisión movidos por las mismas causas, por el mismo mandato de la ciudadanía que les elige, por una visión compartida. Somos las y los consumidores y electores que resistimos la tentación de la oferta desechable, nociva, injusta, distante, banalizante, inconsciente y demás, quienes jugamos la parte más importante en esta transformación capaz de detener la inercia y reorientar el rumbo. No es una ni uno, somos muchas y muchas a quienes nos toca impulsarlo

Parece distante, pero ¿han hecho cuentas de la cantidad de productos locales que han consumido en los últimos meses? ¿Del gasto en combustibles y del tiempo que han usado para trasladarse? ¿Del número de viajes que han evitado y del tamaño de guardarropa que han mantenido? ¿Que los gastos son más racionales y que el desgaste de sus zapatos es menor? ¿Que su entorno inmediato da más posibilidades de las que creyeron y que lo que más extrañamos no son productos sino personas? La crisis es real y la oportunidad de transformación que trae también es. Ha generado una inercia global de transformación que podemos aprovechar, sostener y fortalecer con nuestras decisiones y voluntades. Tomemos la crisis para transformarnos o la crisis nos tomará a todas y todos.

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Héctor Castañón es doctor en antropología social, y maestro en planeación y gestión del desarrollo. Participa en diversos espacios académicos y de sociedad civil  para promover la igualdad de oportunidades, la participación política y el cuidado del medio ambiente. Integrante del equipo de Pedagogia de Futuro. Padre ocupado resolviendo frustraciones musicales con sus hijxs.

Twitter: @hektanon

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